jueves, 1 de octubre de 2009

La gripe se cura, la ignorancia no






Es mi deseo reproducir un interesante y cáustico artículo de Lucía Méndez, aparecido recientemente en un medio periodístico.

Las luces de alarma se encendieron hace mucho tiempo, pero nadie les hizo ni puñetero caso. Estábamos muy ocupados en ganar dinero, comprar casas grandes, coches lujosos y ropa de marca. Los políticos apenas le dieron importancia porque el asunto no da votos. Tampoco le prestaron atención los influyentes poderes económicos y mediáticos. Los ricos -que diría el PSOE- tenían dinero para mandar a sus hijos fuera de España. Y los nuevos ricos, especuladores y Poceros de la vida, tampoco repararon en el desastre porque ellos no llegaron a millonarios a través del estudio, sino por hacer otras cosas.

Así pues, de la Educación no se ocupó nadie y es inútil preguntarse cómo hemos llegado a esto. La LOGSE fue una catástrofe, pero el PSOE nunca lo quiso reconocer. El PP ha pasado años entretenido en debates ideológicos que sólo le interesaban a los curas. Y ahora, cuando el deterioro de la enseñanza pública es un clamor, cuando los profesores se desgañitan pidiendo reformas, cuando el fracaso escolar alcanza el 29%, cuando el 40% de los alumnos suspende el inglés en la selectividad, cuando los estudiantes creen que el Che Guevara era un general de las SS, cuando los universitarios no son capaces de entender un párrafo de cinco líneas sacado de una obra de García Lorca, ahora resulta que en el comienzo de este curso escolar la preocupación principal es la gripe A. No, hombre, no. La gripe A se cura, pero la ignorancia es una enfermedad crónica que afecta al tejido social e hipoteca el futuro de un país.

El ministro de Educación, Ángel Gabilondo, que conoce mejor que nadie el drama y además es filósofo debería hacer como Gandhi: ponerse en huelga de hambre y no volver a comer hasta que Gobierno, oposición, profesores y todos los que tengan algo que aportar se sentaran en una mesa para lograr que los estudiantes españoles comprendan lo que leen, que se respete a los profesores en las aulas y que no se pueda pasar de curso con suspensos. Sin estos mínimos, hablar de Educación 2.0 es una broma. El gran fracaso de España como nación no es el Estatut, ni la Ley de Memoria Histórica ni nada de lo que monopoliza el debate político. El gran fracaso es que en el octavo, o noveno, país más desarrollado del mundo, los pobres ya no puedan subir al ascensor social de la educación pública porque está hecho un asco y no funciona. Y sin una enseñanza de calidad, no hay paraíso para los pobres. Sólo para los ricos, que pueden pagárselo.

El gran fracaso colectivo es que los jóvenes de hoy, que viven como Dios y tienen de todo, no dispongan de otro entretenimiento que emborracharse todos los fines de semana para después colgar su pedal en YouTube. Beben porque se aburren, tiran piedras a los policías porque no pasa nada y no estudian porque el sistema no les ha exigido ese esfuerzo. Claro que siempre podemos decir que los vándalos no son los niños ricos de Pozuelo con la camisa del caballito jugando al polo, sino los desarrapados de otros barrios. Así nos engañamos y así nos va.

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