domingo, 14 de junio de 2009

Conversación de amor










Córdoba.
Lejana y sola.

Jaca negra, luna grande,
y aceitunas en mi alforja.
Aunque sepa los caminos
yo nunca llegaré a Córdoba.

Por el llano, por el viento,
jaca negra, luna roja.
La muerte me está mirando
desde las torres de Córdoba.

¡Ay qué camino tan largo!
¡Ay mi jaca valerosa!
¡Ay, que la muerte me espera,
antes de llegar a Córdoba!

Córdoba.
Lejana y sola.




Cuando llegaba a Corduba recordé este poema de Lorca. Sin embargo, encontré mucha más alegría en contraste con la pena lorquiana del poema.Fui a Córdoba a cumplir un sueño de testigo nupcial, un sueño celestinesco,la unión de dos personas- Manu y Lola- que conocí y logré (como pieza yo misma del puzzle del fatum) que se conocieran en las Fortunatae Insulae y que se dijeron el sí quiero en Corduba. Melius ex corruptis opositionibus (qui ibi fuimus, scimus).
Los patios olían a flores, el calor era abrasador, las piedras de la mezquita gritaban sus credos y los puentes cabalgaban sobre el río en un abrazo de cálidas orillas. La tumba de Góngora nos recordó el barroco,las Soledades y el Polifemo,la catedral sobre la mezquita musulmana, la mezquita sobre un mosaico romano.Y nosotros en el último estrato, en el siglo XXI,con la posibilidad de contemplar el pasado para construir un futuro mejor.
La gente risueña, el calor y la voz de los amigos, los nuevos amigos, el vino fino y el aceite, las haciendas en la serranía cordobesa, sus placetas de toros...
Corduba fue una fiesta y lo más exquisito y sorprendente fue conocer durante la celebración de la boda de Lola y Manu a Miguel Ángel junto al altar de la iglesia.
Al principio me pareció un sacerdote normal, pero de repente no cupe en mí de la sorpresa y alegría cuando le oí recitar en plena celebración cristiana al "excomulgado" Catulo y declamar en griego clásico las palabras cristianas más célebres acerca del amor humano, las de Pablo de Tarso.
Mi propósito es que conozcáis a Miguel Ángel Moreno a través de su discurso. Él mismo me envió por correo electrónico la homilía que les regaló a los novios. Fue maravilloso escucharle.Descubrir a un cura licenciado en Filología Clásica que aplica sus enormes conocimientos a su ministerio. Gracias. Ésta fue su homilía, es decir,conversación:

HOMILÍA EN LA CELEBRACIÓN
DEL MATRIMONIO DE MANUEL Y LOLA
Córdoba, 16 de mayo de 2009


Manuel y Lola, Lola y Manuel:

Ἡ ἀγάπη […] πάντα στέγει, πάντα πιστεύει, πάντα ἐλπίζει, πάντα ὑπομένει. Ἡ ἀγάπη οὐδέποτε πίπτει.

O lo que es igual:

El amor todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo aguanta. El amor no pasa nun-ca.

No ha sido fácil el camino que ha llevado al ser humano a formular palabras tan bellas. Tuvo que ser un gigante como Pablo de Tarso el que las escribiera, y la sabiduría de la Iglesia la que las consignara como palabras reveladas, Palabra de Dios. Palabras tan bellas que mu-chos jóvenes como vosotros, Manuel y Lola, eligen este texto, no sólo en bodas por la Iglesia, sino incluso en ceremonias civiles.

Ahora bien, lo difícil no es elegir un texto u otro. En vuestro caso, incluso, fue relativamente sencillo. Lo complicado es llevarlo a la práctica. Porque llegar a vivir un amor que “todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo aguanta”, no es cosa de uno o dos días, de un arrebato fogoso o de un “amor rosa” de adolescentes y de primeros enamorados. A esas personas les van mejor los versos de Catulo:

Vivamus, mea Lesbia, atque amemus,
rumoresque senum seueriorum
omnes unius aestimemus assis! [...]
da mi basia mille, deinde centum,
dein mille altera, dein secunda centum,
deinde usque altera mille, deinde centum... (Cat. 5)

Vosotros dos, en cambio, en poco más de tres años, desde que os conocisteis en aquella hermosa tierra que es Tenerife, habéis sido capaces de descubrir que el amor es algo más que arrumacos y pasión. Bien lo ensalza el Cantar de los Cantares, cuya traducción al caste-llano condujo a fray Luis de León –bien lo sabes y lo explicas a tus alumnos, Manuel– a las cárceles de la Inquisición:

Grábame como un sello sobre tu corazón,
como un sello sobre tu brazo,
porque el amor es fuerte como la muerte,
inflexibles como el abismo son los celos.
Sus flechas son flechas de fuego;
sus llamas, llamas del Señor.

Las aguas torrenciales no pueden apagar el amor,
ni los ríos anegarlo.
Si alguien ofreciera toda su fortuna
a cambio del amor,
se haría despreciable. (Ct 8, 6-7)

El autor del Cantar ciertamente tiene experiencia de lo que es amar y ser amado y, sobre todo, experiencia del amor divino. Ahí es donde radica realmente la fuente de vuestro amor, aunque cueste descubrirlo con la simple mirada humana, de débil fe. De ese amor que Dios os tiene a cada uno de vosotros dos -Lola, Manuel-, y de la fuerza sobrenatural con que hoy Él quiere consagrar para siempre vuestro amor, va a surgir una nueva realidad: vuestra familia. Hoy dejáis de ser dos personas autónomas, independientes, y optáis por un estilo de vida en el que el otro es más importante que yo mismo. No os quiero contar cuando vengan los hijos: grandes alegrías y momentos de felicidad… pero también noches de insomnio, desvelos y preocupaciones, por esos otros pequeñuelos que serán el fruto de vuestro amor. En poco tiempo, cuando sean absolutamente dependientes de vuestros cuidados, pero también cuando crezcan y con quince o dieciséis años -adolescentes, rebeldes- busquen dejaros de lado para abrirse su propio hueco en la sociedad. En esos momentos, nunca olvidéis estas palabras del Señor, que me atrevo a parafrasear: “Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos”, “nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus propios hijos”.
A vuestros hijos, precisamente, tendréis que enseñarles que hay Alguien que los quiere tanto o más incluso que vosotros mismos, y que se llama Dios: “Como un padre siente ternura por sus hijos, siente el Señor ternura por sus fieles”, hemos proclamado en el salmo; y con san Juan hemos proclamado: “Amémonos unos a otros, ya que el amor es de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios.” Será una de las labores más complicadas que tendréis que afrontar, en particular porque hoy es más cómodo seguir la corriente de la indiferencia religiosa y del laicismo imperante, que ofrecer a los hijos una recia educación en la fe y en valores humanos y humanizadores.
Una tarea que, quizás, podáis llevar a cabo con mayor facilidad cuando vuestros hijos vean que sus padres son dos personas abiertas a las necesidades de los otros; que son personas generosas, hospitalarias, comprometidas con la realidad de nuestro mundo y con los pro-blemas sociales… Como también dice san Juan pocas líneas después del texto que hemos proclamado hace un momento:
ἐάν τις εἴπῃ ὅτι Ἀγαπῶ τὸν θεόν, καὶ τὸν ἀδελφὸν αὐτοῦ μισῇ, ψεύστης ἐστίν: ὁ γὰρ μὴ ἀγαπῶν τὸν ἀδελφὸν αὐτοῦ ὃν ἑώρακεν, τὸν θεὸν ὃν οὐχ ἑώρακεν οὐ δύναται ἀγαπᾷν;

O sea:
El que dice: «Amo a Dios», y no ama a su hermano, es un mentiroso. ¿Cómo puede amar a Dios, a quien no ve, aquel que no ama a su hermano, a quien está viendo? (1 Jn 4,20)
No quiero terminar sin hacer una somera pasada por un último elemento que es fundamen-tal para que aventura que hoy empezáis llegue a buen término. En latín, es una palabra bre-ve, de dos sílabas, y de esas pocas que se declinan por la quinta: fides, fidei. La fidelidad. Dentro de un momento os preguntaré delante de todos estos testigos: “¿Estáis decididos a amaros y respetaros mutuamente, siguiendo el modo de vida propio del Matrimonio, duran-te toda la vida?”. Y me responderéis: “Sí, estamos decididos”. Manuel: sólo te deseo, y por ello rezo, que al final de tus días, cuando hayas envejecido con Lola, y veáis ambos “los hijos de vuestros hijos” –como pronunciaré dentro de un rato en la fórmula de la bendición nup-cial, puedas seguir cantando el amor y la fidelidad que le has tenido siempre a tu mujer. En tal sentido, hermosas palabras, las de Catulo:
Nulla potest mulier tantum se dicere amatam
uere, quantum a me Lesbia amata mea est.
Nulla fides ullo fuit umquam foedere tanta,
quanta in amore tuo ex parte reperta mea est. (Cat. 87)

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