miércoles, 10 de octubre de 2007

Achillis paideia




Aquiles, el legendario héroe que participó en el asedio de Troya, no fue un niño feliz. Su carácter, su arrojo, su valentía, no fue sólo fruto de la herencia genética. La vital importancia de la educación para la formación de la persona no son sólo unas palabras gastadas. Es una verdad que nuestras prisas y nuestros afanes nos incitan a olvidar. Reconozcamos de una vez que la labor de los maestros, dedicados a la noble tarea de construir el entramado mental de los niños y los jóvenes, es la única de la que los hombres no podemos prescindir. No se trata simplemente de transmitir “cultura”, sino de transmitir “nuestra cultura”, “nuestra civilización”. La primera misión de los políticos debería ser la de estudiar y analizar a fondo qué es lo que las generaciones que nos siguen deben conocer y, lo que es más importante, cómo deben de ser, qué valores deben regir sus comportamientos, en definitiva, qué sociedad queremos. Reducir la enseñanza a la mera transmisión de conocimientos, saberes, artes y oficios es una falacia en la que ningún docente debe caer. Lo primero son los valores, y que la educación sea utilizada como arma política no debe extrañarnos. ¿O es que hay algún arma más poderosa que la educación?

La civilización griega se distingue precisamente por esto, por el convencimiento de que la educación como individuo y como “ser social” era lo que daba carácter a un pueblo y lo identificaba como tal. La proliferación y autonomía de las polis helénicas nunca les hizo perder su conciencia de unidad cultural. Los persas conocieron bien, y lo pagaron con su derrota, cómo la Helenidad hacía posible que ciudades enemigas como Esparta y Atenas, con una concepción de la vida tan diferente, unieran sus fuerzas para luchar contra el enemigo invasor.

Pero volvamos a Aquiles, el héroe de los pies ligeros. Tanto sus cualidades como sus puntos débiles a la educación se los debe. Era valiente como nadie, audaz, apuesto, arrojado y, ante todo, fuerte en cuerpo y alma. Sólo era inferior a los dioses, y no a todos. El gran poeta Antonio Machado dejó constancia en uno de sus cantares de la admiración que despierta este héroe entre los niños:

¡Ah, cuando yo era niño
soñaba con los héroes de la Ilíada!
Áyax era más fuerte que Diomedes,
Héctor, más fuerte que Ayax,
y Aquiles el más fuerte; porque era
el más fuerte...¡Inocencias de la infancia!
¡Ah, cuando yo era niño
soñaba con los héroes de la Ilíada!

(Proverbios y cantares XVIII)


Una larga cabellera rubia ondeaba sobre sus hombros cuando corría detrás de algún héroe, pues no era capaz cualquiera de enfrentarse a él. Los héroes micénicos temían a la muerte. Hecho que da aún más mérito a la valentía que los caracterizaba. Se les educaba para ser valientes, pero no para morir como mártires, ni mucho menos como kamikazes o terroristas suicidas. La muerte en sí misma no es nunca heroica para los héroes de la Ilíada, La humanidad de los héroes, que no es precisamente generosidad y a nuestro ojos occidentales pasa por ser pura crueldad, es su primera divisa. El talón inmune a las aguas del Estige infernal iba a recibir la flecha lanzada por Paris, pero dirigida por Apolo, que le iba a provocar la muerte.

Sufrió Aquiles las desavenencias de sus padres ya desde la más tierna edad. Entre sus padres, Tetis, la hermosa nereida de pies plateados y Peleo, el joven informal que sufría las largas ausencias de una esposa que pasaba media vida en la mar, surgió una disputa irreconciliable. Tetis decidió marcharse para siempre a vivir a las oquedades de las rocas que baten las olas. No podía hacerse cargo de su hijo, y prefería que no viviera en la corte de su padre Peleo, por lo que, sabedora del extraordinario prestigio del centauro Quirón como educador de héroes, a él lo entregó en el inhóspito y boscoso monte Pelión, el mismo en el que fueron cortados los grandes árboles que sirvieron para construir la nave Argo.

Quirón sabía que en la educación, lo primero de todo era la formación del cuerpo, pues la belleza corporal era garantía de fuerza, rapidez, destreza, y la mente debía ser educada para dominar en primer lugar el cuerpo. Quien no domina su cuerpo no domina su espíritu (mens sana in corpore sano). El inteligente centauro lo instruiría en el manejo de las armas aprendiendo técnicas para defenderse y recursos para atacar: o matar o morir era el lema. Al mismo tiempo le enseñó el manejo de los instrumentos de cuerda, la cítara, la lira y la forminge, el modo más noble de acercarse a la belleza a través del sentido del oído. Las tiernas palabras que acompañaban las notas eran sentimientos expresados de la forma más pura y hermosa posible, en melódicos versos: el ritmo de la palabra adaptado al ritmo de la música, el ritmo del sentimiento entregado al ritmo de los sonidos. El arte era para el maestro Quirón algo más que un placer sensual, era el descanso necesario para la mente del guerrero que si vivía era porque había matado y mutilado a muchos de sus oponentes (nadie es enemigo de nadie, no se puede estar enemistado con quien no se conoce). La Muerte queda sustituida por la Belleza y su thymós (el alma) se prepara para la batalla del día siguiente, se enfervoriza para matar y se dispone para morir con nobleza si es preciso.

Por supuesto que no podía faltar en la educación tan esmerada que proporcionaba el sabio centauro la instrucción en el logos, tanto en su vertiente escrita como en su forma oral. Dominar el pensamiento y la razón, al mismo tiempo que la capacidad de expresar de modo convincente las propias ideas, que no son otras que las que se quieren imponer, es el arma más valiosa de todas, pues igual sirve para seducir que para marginar, para amar y para odiar. Pero la razón tiene sus normas, que no siempre son las del pensamiento, y un héroe como Aquiles debía conocerlas. Se le educaba para sobresalir siempre de los demás y ser el mejor de todos. Se le educaba para héroe, para que fuera el más apuesto, el más rápido, el más valiente, el más fuerte, el más sagaz, el más reconocido por todos como tal. Se le educaba para no ser inferior a nadie. Pero se le privó del cariño de sus padres, no tuvo un padre por el que sentirse protegido. Incluso fue adoptado por Fénix, huido de su patria. Tampoco tuvo una madre que, siempre a su lado, le tendiera los brazos. Aprendió de la soledad y en ella se refugiaba. No era amigo de seguir las órdenes de nadie e incluso al poderosísimo Agamenón le plantó cara negándose a luchar bajo sus órdenes hasta que no recibiera una señal de rectificación por el "rey de hombres" o el fuego de los dárdanos fuera a extenderse sobre las naves. Las vísceras de jabalí y de león con que el centauro alimentaba a su pupilo, algo tuvieron que ver en la ménin de Aquiles.

Tanto era el coraje de Aquiles que sorprende cómo se derrumba una vez que ya se ha alejado de los caudillos aqueos y se encuentra solo en la playa, por donde acostumbraba a pasear. Allí sentado con la vista dirigida al lejano horizonte lloraba como un niño, como el niño que había dentro de él. Entonces apareció la nereida Tetis del fondo marino, que había oído el llanto de su hijo y quería ir junto a él para darle consuelo y buscar solución a sus problemas. Tanto quería su madre ayudar a Aquiles que fue capaz de dirigirse al mismo Olimpo y rogar a Zeus, sin que se enterara su enérgica esposa Hera, para que los aqueos pagaran con su derrota la ofensa infligida a su hijo, que había sido desposeído de su esclava y amada Briseida, la de hermosas mejillas. También acudió Tetis a consolar a su hijo en el momento más difícil de su vida, la muerte de su íntimo amigo Patroclo a manos del troyano Héctor. El corazón de Aquiles sólo tenía lugar para la pena, y la indiferencia que sentía en el campo de batalla cuando enviaba al Hades decenas de héroes troyanos y no era ni siquiera capaz de perdonar a quienes le imploraban perdón de rodillas (la psiché de Licaón todavía alberga en su pecho la herida con que el Pelida, ajeno a las súplicas, le perforó el corazón), se volvía dolor irreparable ante la partida del alma de su amigo a la región de las sombras.

Pero si Aquiles no había disfrutado de una infancia junto a sus padres, tampoco iba a disfrutar de su propia paternidad. Neoptólemo, el hijo que tuvo de una de las hijas del rey Licomedes, aún no había nacido cuando hubo de marchar a Troya. Allí acudiría una vez muerto su padre, tras ser herido por la flecha que arrojó Paris, el cobarde, el afeminado Paris, que fue a darle en el vulnerable talón. A Paris no le importaba utilizar el arco, pues así evitaba el encuentro frontal, que estuvo a punto de causarle la muerte ante Menelao, y no creía que hubiera nada más necesario que conservar la vida. No en vano había sido educado para pastor, y no para héroe. Entre el Amor y la Guerra prefería sin duda lo primero. Aquiles, sin embargo, no eligió vivir una vida cómoda y tranquila ceñido a las murallas de su patria, ora cazando, ora en los banquetes, ora en el gobierno, sino que prefirió salir de Ftía, la ciudad de la que era rey, para ir a conseguir gloria y realizar hazañas admirables en una guerra de la que sabía que no iba a volver vivo. El valiente muere prematuramente pero vive en la memoria de su pueblo, mientras que el cobarde tarda en morir, pero se aferra a la vida hasta el último hálito. Educación para pasar la Vida o educación para el Ideal, he ahí el dilema de todos los tiempos.

miércoles, 3 de octubre de 2007

EL CAPITÁN OSCENSE QUE SE ANDUVO POR LOS CERROS DE ÚBEDA

Si la entrevista del Director Provincial hubiera tenido lugar estando presentes Antonio Quilis o Rafael Lapesa, al que ejerce el cargo de dirigir la educación oscense ni se le hubiera ocurrido proferir la frase de que hay que estudiar la lengua árabe a causa de las centurias que por suelo hispano deambularon y habitaron los musulmanes. En lingüística, en concreto en la española, no es la duración del contacto inter linguas lo que cuenta, sino el aporte real y el estudio estadístico de la influencia de las diferentes lenguas con las que el LATÍN hispánico fue tomando contacto, bien como sustrato, adstrato o superstrato. Contestar con este mensaje a una solicitud de apoyo para con la materia de Cultura Clásica es, definitivamente, andarse por los cerros de Úbeda, técnica psicológica de desfocalización de la atención, muy utilizada por los políticos cuando no desean responder a una pregunta o petición.
Habría que haberle recordado al capitán de la educación oscense que la entrevista se realizaba en latín, en latín evolucionado, pero latín al fin y al cabo y que ese día no acudió, quizá, antes de su cita, al alfayate y al alfajeme para ponerse guapo, sino al sastre y al barbero, término occitano y germánico incorporados, respectivamente, en nuestro latín hispánico. Es una pena que "Bajo la fuente” (itur-be) no se escucha el rumor del caudal latino de nuestros ríos...

La influencia del árabe fue muy escasa en el español, pese a los siete siglos de presencia musulmana en España y, es que, a la postre, hemos resultado apenas “algarabiados”.
A pesar de la creencia de Nebrija y otros gramáticos posteriores, en el aspecto fonológico el árabe no ejerció ningún influjo en los fonemas españoles, aunque Malkiel reconoce el posible influjo en la introducción de polisílabos y en el incremento de términos oxítonos y proparoxítonos.
En el nivel morfológico sólo nos legó el sufijo –í, por ejemplo jabalí o gentilicios como marroquí. El prefijo latino “ad” formaba ya verbos causativos, por lo que no parece atribuible a influjo árabe en el prefijo español a- en verbos como aminorar o acalorar. Eso sí, por contagio de los arabismos, palabras españolas de otras procedencias han tomado a- o al- protéticas, como madreña<*materinea, pues en algunas zonas se dice almadreña; otras voces han introducido l epentética en su sílaba inicial,v.gr. amiddula>almendra o han cambiado en l otra consonante en posición implosiva, como *admordiu>almuerzo.
Del árabe pasaron al romance fórmulas hoy ya en desuso, como que Dios guarde, Bendita sea la madre que te parió, Dios le ampare etc. que perviven- como señala María Victoria Romero- sólo entre personas mayores o ambientes rurales, puesto que hoy asistimos a un proceso de secularización lingüística innegable, ni siquiera los profesores de Griego nos atrevemos a jurar por Zeus, pero sí decimos ojalá, invocando el beneplácito de Alá para nuestros deseos.
Lo único con cierto peso semántico que nos dejaron los árabes son, según Joseph Piel, circa 850 arabismos, aproximadamente un 8% sólo de nuestro léxico español, cuya base es latina y griega. De esos 850 muchos apenas se usan en la actualidad y , si no, que levante la mano quien sepa qué es alhucema, alerce, albaida, almoraduj, alhoja, almojarife, almotacén, zalmedina, adarme, azumbre, ajimez, algorín, alidada, aljofifa, alfareme,almejía,aduar, almarcha,guzla, añafil, aceifa, alfaraz, jáquima, ataharre, alfeñique, alcorza, almorí, arracadas, horro etc.etc.etc.
Poco numerosos son en español términos de procedencia árabe referentes a las emociones, al sentimiento, deseos, virtudes y vicios, pues la religión cristiana apoyó los términos latinos y el árabe sólo prestó nuevas acepciones. Únicamente heredamos arabismos en las manifestaciones de alegría p.ej. alborozo y alboroto y la ceremoniosidad de las salutaciones como zalema (zalamería).
Apenas empleamos ya las herencias de los indefinidos árabes fulano (fulan,uno) y mengano(man kana, el que sea)y de los nombres de colores que los árabes nos legaron sólo sobrevive el azul. El añil,el carmesí y el alazán se han refugiado en cuevas literarias para no deslucirse ni perder su cromatismo, hermosas y coloristas palabras cuya contemplación de nuevo sub solis luce resultaría agradabilísima.
El número de topónimos sí es algo más abundante. Su número va disminuyendo conforme se avanza de sur a norte en nuestra península, p.ej. los derivados de wadi río, como Guadalajara ( río de las piedras) o los hidrónimos Guadalquivir o Guadiana,los núcleos de población denominados Medina, los referentes a peculiaridades del terreno como Mancha, que significa altiplanicie,los que denominan enclaves administrados militarmente como Alcázar (a su vez del latín castrum fortaleza) o los formados con raíces como aben, ben, beni, abu, bu, bo, be,biní, que indican parentela, como en Benicasim.
El vocabulario bélico proporcionó voces a una tierra invadida como adalid, atalaya, rehén,tambor, alarde,acicate y zaga. La vida civil heredó términos como aldea, alcalde, almacén, barrio y juegos como el ajedrez con sus alfiles. Se adoptaron arabismos referidos a la decoración, edificación, útiles de la casa, profesiones o herramientas como adobe, alcantarilla,alcoba, andamio,azotea, rincón, zaguán, alfombra, almohada, jarra, taza, albañil, alfiler, alicates. El castellano tomó del árabe préstamos comerciales como aduana, ahorrar, alquiler,tarifa. Además los musulmanes introdujeron productos como el algodón, el azúcar, el azafrán y cultivaron alcachofas, berenjenas, naranjas y zanahorias regados gracias a las acequias, aljibes y albercas, que proporcionaron agua a los expertos jardineros de las adelfas, los alhelís, azucenas y azahares que los modernistas sembraron a posteriori en sus florilegios poéticos. Donde con armonía se unen el árabe y el latín es en el sintagma que denomina el alimento típico español, el aceite de oliva, del árabe azzayt y del latín oliva. En cualquier parte del mundo podría reconocerse como española, por sus cualidades olfativas y gustativas, una tortilla de patata hecha con aceite de oliva. Otros alimentos árabes se incorporaron a la dieta española como las albóndigas, el almíbar, los fideos y el mazapán.
Por último, es relevante mencionar el vocabulario científico de origen árabe que, efectivamente, seguimos empleando en nuestra lengua, como alquimia (tomado del griego), alcohol, jarabe,alquitrán, talco, alcanfor,cenit, nadir, auge, almanaque algoritmo, álgebra, cifra(< sifr “vacío”, del mismo proviene cero a través del italiano).
El cero fue un legado árabe sin parangón en la historia de las matemáticas.

Sin embargo, junto a esta maravillosa- pero escasa en comparación con otras lenguas –herencia lingüística musulmana, la lengua española sigue conteniendo alrededor de un 80% de latín y de griego y, si no olvidamos que el lenguaje conforma el pensamiento, podemos inferir que los españoles somos esencialmente grecorromanos en nuestro modo de describir,ver, construir y vivir el mundo, dado que en la pragmática, semántica, sintaxis, morfología y fonética del castellano, gallego y catalán preponderan las lenguas y la cultura clásicas.



N.B. El popular dicho " andarse por los cerros de Úbeda " se origina en la reconquista a los almohades de la ciudad jiennense de Úbeda, acontecida en 1233. Parece ser que uno de los más importantes capitanes del rey Fernando III el Santo, Álvar Fáñez (el Mozo), desapareció instantes antes de entrar en combate y se presentó en la ciudad una vez que ésta había sido reconquistada. Cuando le preguntó el rey dónde había estado, el capitán contestó que se había perdido por los cerros de Úbeda. La frase fue tomada irónicamente por los cortesanos, pues los cerros de Úbeda, no poseen la suficiente entidad como para justificar el extravío de los soldados y se perpetuó como signo de cobardía. Actualmente se usa cuando alguien interviene en una conversación con algo que no tiene nada que ver con lo que se está hablando y constituye una treta psicológica denominada también “cortina de humo”.