martes, 5 de junio de 2007


OLIM IN SCHOLA

Hastam, galeam et scutum Minerva habet. Creo recordar una frase así en el Libro de Latín de Bachillerato de Anaya. ¡Eso sí que era un Bachillerato! No nos enseñaban mucho, pero como exigían tanto, teníamos que espabilarnos y arreglárnoslas como pudiéramos. ¡Vaya que si se aprendía! Salíamos muy bien preparados.

En algunas asignaturas me tocaba sufrir. Estudiar y sufrir eran para mí la misma cosa al memorizar las preguntas de música del librito estatutario. ¿Qué es la música: es el arte combinar los sonidos y el tiempo? ¿O es el solfeo? No sé, ¡qué más da! En los exámenes rogaba a un niño muy caritativo que se ponía a mi lado (tocaba el clarinete muy bien acompasado). Como terminaba enseguida, le daba tiempo a decirme cuatro cosas en voz baja; yo con eso me las apañaba para sacar un cinco: sinceramente, nunca supe qué era una fusa, prefería pensar que era una ninfa que se desmayaba derramando sutilmente sus gemidos. Si mi buen amigo David no estaba a mi lado, entonces me caía un tres o, como mucho, un cuatro. Sólo escuchábamos las cuatro estaciones de Vivaldi. Debía de ser porque el profesor se cansaba de traer el tocadiscos y no solía pasar de la segunda sesión. A Mozart y Bethoven por supuesto no llegábamos. ¡Ya lo escucharán cuando sean mayores!, debieron pensar. ¡Tampoco son tan importantes! Como a ellos lo que les gusta es el rock…

Aún recuerdo las láminas que presentaba en dibujo: como era torpe con la tinta china, repasaba las líneas con rotulador carioca negro. Yo sabía que el profesor se daba cuenta, pero era muy bueno, y me ponía el cinco. El dibujar polígonos, dado el lado, era un ablativo absoluto que tenía su encanto. La bisectriz, la hipotenusa, un triángulo isósceles o equilátero. Soberbio vocabulario. Te quedabas a la altura del barro ante las mentes prodigiosas de quienes habían inventado esas palabras. Mejor que no pensaras. A plantear, a operar, a repasar, y que el resultado sea exacto. Pero el dibujo no son matemáticas, menos mal. Los polígonos se ven, aunque no puedan palparse, y tienen un toque de hermosura al tiempo que de frialdad: eran como cubitos de hielo. El “dibujo libre” (sic) era mi preferido. Con cuatro manchas por aquí y por allá me salía un cuadro. Como era abstracto, la nota nunca podía ser inferior a cinco. Lo que más tiempo me llevaba era poner título al cuadro. Sin título el cuadro no tenía sentido. Con título, ya era otra cosa. Se entendía todo. Nunca pude dibujar la cabeza de un caballo. Imposible. El cálculo de las proporciones era mi punto flaco. Así que me incliné por lo abstracto. Imitar a Picasso parecía fácil, pero Velázquez era intratable. Además, ¡cómo iba yo a pintar en su estilo …, si era otra época!

La Geografía era dificilísima: los koljós, los polder, el barbecho, el latifundio, el clima continental, borrascas y anticiclones; todo muy interesante. Y la Historia era algo complicadísimo: el mesolítico las decadencias, revoluciones, sucesiones, siempre causas, siempre consecuencias, si no batallas mil y paces sin cuento. Sigo estupefacto todavía. No comprendo cómo mis compañeros mostraban una seguridad tan grande en entender asuntos de otros tiempos. Yo me limitaba a imaginar esas épocas gloriosas: ¡qué bonito el Renacimiento!, odiaba la Edad Media, el Barroco... tan barroco, el Rococó, eso sí que era bonito, lo despreciaban siempre tanto que acabé cogiéndole cariño. Boucher y Fragonard me apasionaron ya entonces, conque no digamos hoy en día.

Llegamos, por fin, al Romanticismo: ¡qué retrato de Lord Byron; lástima de muerte tan tonta, Misholongi, qué palabra tan rara!. Lo de los últimos siglos, todo eran guerras a muerte (¿cómo serán las otras?); las batallas tenían nombres muy raros (nunca explicaban su procedencia); las guerras se contaban con ordinales pero rara vez llegaban al 4º. Menos mal a la segunda mitad del siglo XX, en que todo eran instituciones de paz y asociaciones benéficas: la ONU, la FAO, la UNESCO, UNICEF, la OMS y los Tratados. Y entonces todos pensábamos: ¡es que …somos los mejores!

¡Qué gente tan atrasada había en aquellas épocas por el mundo!

Y la Historia de Grecia y Roma ... todo eran instituciones y guerras espeluznantes sin ninguna conexión entre ellas. Nunca me hablaron de Troya, y los “micenos” salían por cualquier lado. Lo del Taigeto, eso no faltaba: todos los libros lo ponían, sembrando una semilla de maldad sobre el noble pueblo espartano. ¡Ni que en Atenas o Corinto no se hubieran desprendido de sus hijos no queridos! Atenas era el modelo, eso estaba claro. La tragedia, la comedia, la oratoria, Alejandro Magno, de la democracia ni se hablaba, y después de citar de corrido con esa regla mnemotécnica tan bonita “Eurípides no me sofocles que te esquilo” a los grandes trágicos atenienses, se nos mostraba un busto de Sócrates y/o Platón para que nos quedáramos pasmados de su sabiduría: esas caras la verdad es que impresionaban.

De los romanos se oía hablar a menudo, sobre todo de los Escipiones y, cómo no, de las Guerras Púnicas (otra palabra que nunca explicaban). Yo creo que era porque sus maestros, antaño en la escuela, les contaron estas gestas, que en la época impresionaban, y ellos nos las transmitían con un gran fervor. La época helenística… nunca supe de su existencia. Sólo que empezaba con la muerte de Alejandro Magno (¡vaya modo de comenzar un período tan hermoso de vivir!) y terminaba …a saber cuándo.

Los romanos pasaban de las Guerras Púnicas al acueducto de Segovia y los emperadores hispanos en un santiamén. Los bárbaros los invadieron ¡porque eran unos degenerados! Aprended la lección, decían, ellos, los profesores, tan virtuosos, tan nobles y tan sabios. Pero mi decepción iba en aumento año tras año, la palabra “degeneración” nunca sufría el tormento ese al que se sometían los conceptos: la descripción de características (con guiones y en un orden extraño que nunca supe a qué obedecía). Eso es lo que yo siempre esperaba, pero las más de las veces debía contentarme con contemplar Les Romanes de la décadance, de Couture, e intentar imaginar el porqué de la mirada de esos romanos (y romanas) recostados sobre el triclinio. ¡Vamos, que triclinio o banquete es igual a de-ge-ne-ra-ción! El más excelso símbolo de la civilización: el symposion, un lugar para la amistad, la conversación, el razonamiento, las miradas, las sonrisas, el sabor de los alimentos, el olor de los perfumes, estolas azafranadas y togas albas, placer, sensualidad y amor. El symposion, símbolo de la decadencia: nunca pude entender por qué; ¿acaso no puede uno divertirse de noche e ir a trabajar al día siguiente perfectamente recuperado? Total, …los banquetes comenzaban al caer la tarde, así que por muy tarde que se fueran a dormir, no sería más de la una. Las luchas de los anfiteatros siempre quedaban reducidas a “cristianos que son comidos por leones en el circo” (sólo había uno). De la dignidad por saber morir y la avalancha de espectadores, nunca se sabía nada. Esos temas, mejor ni tocarlos. Son niños y no lo entenderían.

Las Ciencias Naturales eran cosa fina. Yo aprendí sólo Geología, porque mi profesor era geólogo y él, de Biología no quería saber nada. ¡Ni que tuvieran algo que ver! ¿no ves que lo uno son las piedras y lo otro son las plantas (como a zoología nunca se llegaba…)! Y lo de la ameba, eso sí que era misterioso, la ameba. ¡Una de amebas…! Yo pensaba que eran una especie de “almejas” que se escindían en sucesivas fases todas ellas terminadas en –sis (eso sí que era bonito: meeioosiis; ¡ahí es nada!). Los minerales me los aprendí todos. Ahí me di cuenta de que era inteligente: sin ver ni un mineral en clase, los reconocía a simple vista. Ahora, ¡que no me preguntaran como eran las tramas reticulares y celdas de los cristales…! porque entonces volvía a sentirme un ignorante de tomo y lomo. ¡Con lo fácil que les resultaba a los demás…! Te los aprendes de memoria y ya está, ese era el consejo. Sufre lo menos posible. “Aprender de memoria”, esa era la tortura. Comprender, comprender, comprender, ¡habráse visto!

Sobre las matemáticas, hablaremos otro día. Lo de Rufini tiene narices. Y el anillo abeliano todavía lo estoy buscando en el estuche. Operar, operar, operar y convalecer, convalecer, convalecer.

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