viernes, 15 de junio de 2007

AT REGINA...


AT REGINA...

At regina graui iamdudum saucia cura
uulnus alit uenis et caeco carpitur igni.
multa uiri uirtus animo multusque recursat
gentis honos; haerent infixi pectore uultus
uerbaque nec placidam membris dat cura quietem.

Alea iacta est. El examen de Selectividad al que tuvieron que enfrentarse los gladiadores aragoneses que han cursado Latín en 2º de Bachillerato ya está en manos de los correctores.

El examen presentaba, por un lado, el conocido texto de Salustio en el que se describe el carácter de Catalina, si bien “ligeramente simplificado”, y por otro, cinco hexámetros inmortales de Virgilio, los que están al comienzo del Libro IV de la Eneida. Épica, Tragedia, Lírica, Historia, Mitología, Métrica, Estilística y Literatura: esto sí que es de verdad “interdisciplinariedad”. Y además, educación sentimental.

Sobre estos cinco versos, quiero decir algo, pues no creo que sea yo el único que sufrió una convulsión al leerlos por primera vez. Conocía el Libro I, pues su lectura formaba parte del temario de COU (¡qué años aquellos!), y aunque mi voluntad de estudiar Filología (Clásica, por supuesto; los demás son “idiomas”) era inquebrantable, en aquel momento me sentí un privilegiado: algún día iba a poder leer los duodecim Aeneidos libri en latín, algo reservado a muy pocos. Sin poder leer en latín la Eneida y en griego la Ilíada no merecía la pena vivir, pensaba yo imbuido de romanticismo (aquellos maravillosos años).

No entendía que Virgilio fuera solamente un poeta, estaba convencido de que quidquid divinorum Vergilianos versus efflat. Y, ya en la Universidad, por fin “¡había que traducir a Virgilio!” ¡Como si ello fuera posible!. Como si sus versos, relucientes sub specie aeternitatis, pudieran entenderse en nuestra humilde lengua castellana. Dicen los buenos traductores, desde Cicerón, San Jerónimo y Fray Luis, que no hay que traducir palabra por palabra, sino concepto por concepto. Y ahí está el problema. En Virgilio no hay sólo conceptos; casi todo son sentimientos: sensus omnia terunt.

Sin embargo, yo intentaba traducir a toda costa. Lo primero era, por supuesto, buscar un verso castellano dotado de la elegancia y dignidad suficiente para emular los hexámetros. Tarea imposible. Hay que elegir entre dos posibilidades: o bien los versos con marcado ritmo acentual que pretenden pasar por pies dáctilos mediante la distribución de acentos en el verso (como Rubén Darío: inclitas razas ubérrima, sangre de Hispania fecunda), o bien versos clásicos como el ilustre endecasílabo o los alejandrinos. De las dos formas de traducir hay intentos numerosos, con más pena que gloria, a pesar de esos nobiles conatus qui ad astra translatores utinam ferant. Sobre las traducciones “en prosa”, mejor no hablar, pues todas son bazofia; sólo sirven como lectura de apoyo para pasajes dudosos en latín. Un gran favor haríamos al latín y al griego si elimináramos todas las traducciones. Sería un profundo acto de amor al mundo que todavía vive en nosotros. Sin latín y griego no hay nada, solo sombras, vanos intentos de explicar el Cosmos que nunca obtendrán respuesta.

Lo cierto es que no miramos al futuro, queremos descubrir e interpretar el pasado. No hacemos, sin embargo, arqueología. Pretendemos saberlo todo de griegos y rómanos: lo primero, cómo y dónde vivían; después, qué secretos esconden las lenguas que hablaban; sólo más tarde intentamos saber qué pasiones sacudían sus corazones. Ese el objetivo último. Entenderlos a ellos para poder entendernos a nosotros mismos. Al leer at regina… parece como si todo el libro IV sobrara. En dos palabras se nos dice todo: la reina Dido protagonizará un conflicto, una cura. Su alma herida deberá tomar una resolución. Comienzo insuflado por hálito divino. Descubriendo cómo ellos sentían, podremos saber qué sentimos nosotros. Las enseñanzas de la Antigüedad nos acompañan toda la vida, pero debemos procurar que la idea que nos formamos de ella no sea una “foto fija” o una pintura del pasado, sino un continuo revivir que alienta nuestras vidas y las enriquece.

Vulnus alit venis, por favor que alguien me explique lo que es eso. Un vulnus sabemos lo que es, aunque sea del alma como en este caso, pero el verbo alit resulta ya más difícil de entender: ¿se puede “alimentar una herida”? Y lo más difícil de todo, el ablativo (quizá alguien lo juzque dativo) venis, que expresa la relación de circunstancias de carácter modal, instrumental, causal, local, o de cualquier otro cariz que envuelve a la “acción” regina vulnus alit. Imprecisión consciente y deliberada. La expresión es sumamente misteriosa, como misterioso es lo que le ocurre a Dido. Eros aníkate majan de nuevo. El verso termina con un enigmático et caeco carpitur igni. Fuego interior. Todos lo conocemos, pero ¿quién ha sentido un “fuego ciego”? “Oculto”dicen que se debe adjetivar en español al fuego. Y entonces en lugar de claridad, se cierne sobre nosotros una bruma espesa: ¿cómo es posible que dentro de nosotros pueda haber un fuego? Luz y oscuridad al mismo tiempo. Lumen et umbra, discordia in concordia; Eleusina Misteria ab aliquibus fortunatis probata ut metum mortis et flammam amoris nobiliter debellent. Qui arcana Misteria nescimus vitam miserrime agimus. “Nullus tristior homine” Homerus dixit. Itaque numinorum luce roreque animum perfundamus.

El curso toca a su fin, y muchos de nosotros sentimos la satisfacción del trabajo bien hecho. Nos despedimos de nuestros discipuli. La emoción que produce una sonrisa en los labios de quienes musitan un adiós, el aliento de unas palabras agradecidas o unos ojos llorosos que no pueden disimular la sensación de que han vivido algo irrepetible, son expresión pura de un alma noble. Esa es la energía que mueve nuestros corazones. ¡Dichosos quienes la han recibido! Todo lo demás se olvida.

Mas la recompensa es ingrata. Serán encadenados para siempre a una roca, como Andrómeda, pero inúltimente esperarán la llegada de Perseo. Todavía la górgona Medusa exhibe sus cabellos serpentinos y petrifica con su mirada. Impune se pasea por los pasillos de nuestros institutos Sólo cuando la decapite el héroe hijo de Dánae podremos esperar salvación. Mientras tanto, que los dioses protejan a nuestros discípulos y nos sigan dando aliento para al menos seguir vivos mientras el monstruo marino nos examina antes de abrir sus fieras mandíbulas. Esperemos que sea verdad el virgiliano audaces fortuna iuvat, y si no, ya sabemos todos por experiencia lo que habremos de hacer: ulla salus victis nullam sperare salutem.

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